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María Florencia Villalon
 
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Jueves, 27 de Setiembre de 2007

En el andén de la vida

Cuando aquella tarde llegó a la  vieja estación le informaron que el tren
en que ella viajaría se retrasaría  aproximadamente una hora.

La elegante señora, un poco  fastidiada, compró una revista,
un paquete de galletitas y una botella de agua  para pasar el tiempo.

Buscó un banco en el andén  central y se sentó preparada para la espera.
 
Mientras hojeaba su revista, un  joven se sentó a su lado
y comenzó a leer un diario.

 Imprevistamente, la señora  observó cómo aquel muchacho,
sin decir una sola palabra, estiraba la mano,  agarraba el paquete de galletitas,
lo abría y comenzaba a comerlas, una a una,  despreocupadamente.
 
La mujer se molestó por esto,  no quería ser grosera, pero tampoco dejar
pasar aquella situación o hacer de  cuenta que nada había pasado; así que,
con un gesto exagerado, tomó el paquete y  sacó una galletita, la exhibió
frente al joven y se la comió mirándolo fijamente a  los ojos.
 
Como respuesta, el joven tomó  otra galleta y mirándola
la puso en su boca y sonrío.
 
La señora ya enojada, tomó una  nueva galletita y,
con ostensibles señales de fastidio, volvió a comer otra, 
manteniendo de nuevo la mirada en el muchacho.
 
El diálogo de miradas y  sonrisas continúo entre galletita y galletita.
La señora cada vez más irritada, y el  muchacho cada vez más sonriente.
 
Finalmente, la señora se dió cuenta de que en el paquete sólo quedaba la
última galleta. "No podrá ser tan caradura", pensó  mientras miraba
alternativamente al joven y al paquete de galletas.
 
Con calma el joven alargó la  mano, tomo la última galletita,
y con mucha suavidad, la partió exactamente por la  mitad.
 
Así, con un gesto amoroso,  ofreció la mitad de la última galletita
a su compañera de banco.
 
-"¡Gracias!" - dijo la mujer tomando con rudeza aquella  mitad.
 
- "De nada" - contestó el joven sonriendo suavemente 
mientras comía su mitad.
 
Entonces el tren anunció su  partida...
 
La señora se levantó furiosa del banco y subió a su vagón.
 
Al arrancar, desde la ventanilla de su asiento vió al muchacho todavía
sentado en el andén y pensó:
" ¡Qué insolente, qué mal educado,  qué será de nuestro mundo!".
 
Sin dejar de  mirar con resentimiento al joven, sintió la boca reseca por
el disgusto que aquella situación le había provocado.
Abrió su bolso para sacar la botella de  agua y se quedó totalmente sorprendida
cuando encontró, dentro de su cartera, su  paquete de galletitas intacto.
 
Cuántas veces  nuestros prejuicios, nuestras decisiones apresuradas nos
hacen valorar  erroneamente a las personas y cometer las peores equivocaciones.
 
Cuántas veces la  desconfianza ya instalada en nosotros, hace que juzguemos
injustamente a  personas y situaciones, y sin tener un por qué,
las encasillamos en ideas  pre-concebidas,
muchas veces tan alejadas de la realidad que se presenta.
 
Así por no utilizar nuestra capacidad de autocrítica y de observación,
perdemos la gracia  natural de compartir y enfrentar situaciones,
haciendo crecer en nosotros la  desconfianza y la preocupación.
 
Nos inquietamos  por acontecimientos que no son reales,
que quizás nunca lleguemos a contemplar, 
y nos atormentamos con problemas que tal vez nunca ocurrirán.
 
Dice un viejo proverbio...
 
Peleando, juzgando antes de  tiempo y alterándose no se consigue jamás lo
suficiente, pero siendo justo,  cediendo y observando a los demás con una
simple cuota de serenidad, se consigue  más de lo que se espera.
 
Dedicado a todos Aquellos que al leer este cuento sienten que tienen o pueden dar otra oportunidad a alguien... Nunca es demasiado tarde...Siempre se está a tiempo...
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